La muerte del «mano mocha»


Los sicarios del pueblo le venían advirtiendo desde hace 16 años su muerte. Pero él no le prestó atención a sus amenazas. Incluso todos los del pueblos, excepto su madre, estaban de acuerdo que lo matarán los sicarios porque él había corrompido todos los jóvenes. 

En las tardes trabaja en una canoa sacando arena del río. Y en las madrugadas aprovechaba para llevarle la droga a Austin que luego en la noche, vendía la marihuana a los jovencitos. Partían mitad y mitad el dinero recogido. 

Nadie sabía porque se molestaban en vender la droga a altas horas de la noche, si todos sabían que «el mano mocha» y Austin eran los que vendían la droga en el pueblo. 

—»Ten cuidado marica, a mí ya me avisaron que unos sicarios mataron a Rosendo, el de la cantina, Y aprovecharon unos y vieron que en la libreta estaba tu nombre. Esos ijueputas estan alborotados, ajuiciate.»

—»nombe tu eres loco, mientras yo esté aquí en jaraquiel nadien me toca, me llevo escondiendo de ellos desde hace rato y no me han hecho nada, porque ellos matan es a los que se esconden, mientras yo esté en el gentío nadie me toca.»

Austin no supo que decir. Pero lo que si sabía era que tarde o temprano se les acabaría el negocio.

Los hombres mayores del pueblo tenían la costumbre de quedarse descamisados a las 3:00 de la tarde y sentarse a jugar dómino a la orilla del río. La brisa les parecía querer arrancar la camisa del hombro.

«El mano mocha» estaba sentado en un banquillo hablando con sus amigos. Cuando de repente se estaciona una moto negra al frente de él. Ya sabía lo que le esperaba, se notaba en sus ojos. Arrancó a correr pero uno de los dos sicarios le metió una patada en la espalda y lo tira en un piso de semento que antes era una gallera. 

Por primera vez lo vieron llorar… Lo vieron suplicar. ¡No me mates! Le dijo. Pero el sicario parecia nunca haber tenido una expresión facial en su vida. 

Como de la nada el gentío del pueblo desapareció. Solo estaba el «mano mocha» con el sicario ensima de él. Casi lo hizo vomitar cuando empujó su rodilla aún más fuerte sobre su barriga. Y en menos de un segundo le metió tres tiros, uno en el hombro, otro en el cuello y uno en la frente. 

Cuando la gente quiso salir a ver, los sicarios no estaban, era como si no hubiera pasado nada, el camino polvoriento y lleno de huecos estaba como siempre, las mesas donde se jugaba al dominó estaban también iguales… Todo. No se hubiera sabido nunca que lo mataron si no fuera por la sangre derramada y los sonidos de los disparos. El cuerpo estaba tan destrozado que parecía que lo hubieran defenestrado. 

La muerte dejo al pueblo sin palabras. Sólo miraban como los perros sopesaban el cadáver. Una mujer grito:

— ¡levantenlo! no dejen que los perros se beban la sangre ¡Que asco!

Al oír a la mujer, dos ancianos cojieron el cadáver por las axilas y lo tiraron sobre una mesa. 

Duró así dos días, nadien se atrevía a tocarlo porque depronto regresaban los sicarios. 

La excesiva exposición al sol hizo que el cadáver se descomponiera rápido. 

La semana siguiente enterraron en el sementerio del pueblo a Omar. Su amigo, Austin, no fue a su velorio porque temía que los sicarios lo matarán. Le preguntaron a sus amigos y no supieron decir donde estaba Austin, le preguntaron a su familia y tampoco sabía dónde estaba. Desapareció, es como si nunca hubiera existido.

El pueblo seguía siendo el mismo pueblo. Mataron a una persona y lo dejaron tirado por más de dos días en el suelo, como si hubieran matado a un perro. Todo era normal, los ancianos jugando dominó en las orillas del río, las ancianas jugando rancon (cartas) en los patios de las casas… Todo igual. La gente se olvidó de la existencia de Omar y de Austin… Quedaron vaporizados. 

@juanjosegarcesdoria

Publicado por Juanjo Garces

Soy un todólogo de día y escritor ocasional de noche.

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